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Educación y competitividad: desafíos personales en un marco de escala global

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¿Te has preguntado alguna vez por qué estudiamos? O, matizando la pregunta, ¿por qué estudiamos lo que estudiamos? ¿Para poder comprender y adaptarnos mejor al mundo que nos rodea, o para adquirir ventajas competitivas de cara a nuestro futuro profesional? Sin lugar a dudas, para ambas cosas.

La educación (hablamos aquí de la formación académica, no de otros tipos de educación, como las normas cívicas, por ejemplo) es un proceso largo, lento, complejo y multifacético, cuyos resultados a veces son sutiles. Pero, a pesar de lo trabajoso que es educarse, casi todos estamos de acuerdo en que vale la pena el esfuerzo.

Se suele decir, y es cierto, que la educación es un capital que nunca se pierde. Pero si la formación siempre ha sido esa tabla de náufrago a la que una persona puede agarrarse pase lo que pase, las tempestades de nuestro tiempo, por su naturaleza y por su escala, están poniendo a prueba de forma constante la consistencia de esta tabla…

Cortadores de troncos

El mundo es un pañuelo; y de los desechables

Si hay algo que inquieta a todos los padres y madres que conocemos es el futuro de sus hijos. Impredecible por naturaleza, todos queremos asegurar al menos la parte material de ese futuro; lo que viene siendo la forma de ganarse los garbanzos. Es la razón que nos lleva a intentar dar a nuestros hijos lo que consideramos la mejor formación posible.

Sea lo que sea eso; porque si tiempo atrás había ciertos oficios y ocupaciones consagrados por sus buenos rendimientos económicos y sociales, hoy no está tan fácil decir qué es educarse bien. Y no sólo porque el marco en el que nos movemos parece haber crecido (o encogido, según como se mire: el mercado es tan grande como el planeta), sino porque es un escenario en constante cambio; hasta el punto que buena parte de los empleos que tendrán nuestros hijos todavía no existen…

El futuro es un mercado laboral globalizado y dinámico; ni más, ni menos. Pero ojo, no hay que confundir esto con la hipertecnologización; no se trata de que todos seamos hackers, ni mucho menos. Se trata de, por parte de las organizaciones, saber reconocer el talento. Y, por parte de los individuos, contar con herramientas flexibles y saber cómo y cuándo utilizarlas en contextos diferentes.

Competitividad… ¿o conocerse a uno mismo?

Antes de ir más allá, una puntualización. Cuando se habla de competitividad solemos imaginar una especie de “todos contra todos” y nos curamos en salud con eso de “más vale que sobre”; o sea, que a veces tendemos a sobrecargar a nuestros hijos con formaciones insospechadas, temerosos de ese horizonte hostil…

Semejante ideas podría ilustrarse, valga la metáfora, como prepararse para ir a los Juegos Olímpicos… para competir en cualquier deporte que se nos ponga por delante. Es lo más parecido a no contar con una estrategia, cuando competir no consiste solamente en entrenar, sino en saber adoptar las mejores estrategias para obtener los resultados que buscamos.

Herramientas indispensables y multiusos

Desde ese punto de vista, el problema se simplifica (por fortuna para nuestra salud mental): no se trata tanto de adquirir un conocimiento enciclopédico o de estar al tanto de los últimos avances en tecnologías disruptivas como, ante todo, de adquirir competencias “de amplio espectro” y transversales que nos permitan adaptarnos con rapidez y saber transferir conocimientos y saberes prácticos cuando sea necesario.

Buena parte de dichas competencias son las llamadas “habilidades blandas” de las que tanto se habla en estos tiempos. Muchas son de tipo emocional y son enormemente relevantes, por lo que deberíamos prestarles la necesaria atención, pero existen otras competencias y habilidades que rinden sus servicios en situaciones de lo más diversas:

  • Competencias de gestión, como la capacidad de liderazgo, de trabajo en equipo, de gestión de tiempo, la actividad multitarea, la resolución de problemas…
  • Competencias sociales, entre ellas la comunicación efectiva, la adaptación a entornos culturales diversos o la resolución de conflictos.
  • Competencias transversales, en las que englobaríamos aquellas que resultan elementales para infinidad de tareas profesionales (y para muchas situaciones extralaborales); los idiomas, la capacidad de aprendizaje y adaptación, el pensamiento crítico y el pensamiento estratégico son los más evidentes.

El delicado equilibrio entre la competitividad y la realización personal

Así, resumiendo, lo más adecuado para potenciar las opciones de futuro de nuestros hijos pasaría (contra lo que se escuchaba hace unos años en boca de los adalides de la hiperespecialización) por poner en sus manos competencias transversales.

Estas competencias, y los idiomas extranjeros son el ejemplo paradigmático de ello, son auténticas herramientas todoterreno que te permiten sobrevivir un año como repartidos en Londres o acceder a esas preciadas becas de Singapur; sirven para un roto y un descosido.

El complemento indispensable son las experiencias vitales prácticas fuera de la zona de confort, como una estancia de estudios en el extranjero o unas prácticas laborales fuera de contexto. Y es interesante constatar que hay una confluencia entre esta perspectiva de la formación para el ámbito laboral y la formación humanista tradicional que tenía por misión, a grandes rasgos, hacernos mejores personas (o al menos más lúcidas).

Así, si preconizamos la importancia del aprendizaje de idiomas extranjeros no es tanto por las ventajas comparativas que aporta en un entorno competitivo (que las aporta, qué duda cabe), sino también porque son competencias que le resultarán muy valiosas de cara a su realización personal en facetas vitales que poco o nada tendrán que ver con el mercado laboral.

Porque lo realmente esencial es no perder de vista el objetivo profundo de todo esto: intentar dar a nuestros hijos las herramientas para que sepan desenvolverse con cierta autonomía y consciencia por la vida. Al final, se trataba de eso, ¿no?

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