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7 excusas de nuestros hijos cuando van a estudiar en el extranjero

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Estudiar en el extranjero es una ocasión de oro para aprender inglés, fortalecer el currículum, desarrollar competencias emocionales… Todo eso es cierto. Pero no es menos cierto que, a medida que crecen y van entrando en la edad adulta, nuestros hijos van desarrollando otras aptitudes relacionadas con la imaginación. Entre ellas, inventar excusas (más o menos) creíbles.

Tranquilidad, progenitores, que esto no es una llamada de alarma contra la pérdida de la inocencia, ni mucho menos. De hecho, aprender a tomar distancia y ganar en autonomía es muy saludable. Es más, nuestra experiencia nos dice que cuanto más cómodo se encuentra un alumno en una estancia de estudios en el extranjero, más comunes se vuelven esas mentirijillas que no son sino un síntoma de mayor confianza y libertad.

Forma parte de la naturaleza humana y del crecimiento. Y hay una serie de excusas muy típicas de los estudiantes internacionales. Algunas son piadosas, otras simplemente preferimos creérnoslas y otras son tan inocentes que resultan adorables…

Quiero hablar inglés con fluidez

Una gran estrategia para convencer a padres remisos a la separación porque esconde una gran verdad. Por supuesto, en un contexto de inmersión cultural en inglés vas a aprender el idioma sí o sí. Pero normalmente lo que quiere el estudiante es ganar en libertad y vivir nuevas experiencias (que también está muy bien).

En este caso lo que cuenta es el resultado, y ahí estamos todos de acuerdo. A lo mejor te vas por afán de aventura, pero lo cierto es que volverás con un dominio del inglés realmente sólido. Así que venga, vale, no hay más que hablar, vamos a buscar opciones…

Es que el acento de Inglaterra…

Y quien dice Inglaterra, dice Irlanda, Estados Unidos, Canadá o cualquier otro sitio en el que se hable inglés. Resulta que de repente nuestro hijo se ha convertido en un experto en la lengua de Shakespeare y (siempre pensando en su formación) cree mucho mejor apostar por un acento que por otro.

Que no, que no nos la das. Lo que pasa es que quieres ir a tal o cual destino porque te gusta más. Pues dilo, criatura, que no pasa nada; pero a veces da mucho gustillo engañar a los padres. O creer que los estamos engañando.

¡No sé qué le pasa al móvil!

Intentarán liarte con esa verborrea tecnológica con la que puede aturdirnos cualquier menor de veinte años; que si el roaming, que si la tarjeta SIM, que si las tarifas… El caso es que necesita un móvil nuevo. Vaya por Dios, qué cosas.

Si bien para estudiar en el extranjero no hace falta ni móvil, ni móval (que diría una abuela de las de antes), ojito que puede haber algo de verdad aquí. Y, al fin y al cabo, si algo queremos cuando nuestro hijo pasa una temporada fuera es poder hablar con él con toda facilidad. Así que venga, esta nos la vamos a creer.

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Necesito más ropa de abrigo

¿Qué clase de padre desalmado que envía a su hijo a pasar un año académico en Canadá, por ejemplo, haría oídos sordos a semejante frase? Es imaginar a nuestro cachorro pasando frío y se nos cae el alma a los pies. Antes de colgar ya estamos preparando una remesa especial para guantes y bufandas…

Es que la más honesta proposición “quiero irme de compras” suena muchísimo menos convincente a nuestros oídos, dónde va a parar. Pero ellos nos conocen y saben dónde nos duele. No tenemos escapatoria. Otra que nos cuelan.

Estaba estudiando en la biblioteca

Una respuesta casi estándar a la pregunta “por qué no me coges el teléfono” que todo padre ha hecho alguna vez. Ya, estudiando en la biblioteca. O eso, o viendo la tele, o de excursión por los alrededores, o simplemente de charla con los amigos después de las clases.

Lo bueno que tiene el hecho de que todos hayamos sido jóvenes es que quien más quien menos ha empleado este tipo de excusas. Y también, que sabemos que no hay malicia detrás; simplemente, nos sabe mal decirles a nuestros padres que en ese momento no nos apetece mucho hablar con ellos…

Este puente voy a estar muy liado

Esta duele, pero al fin y al cabo es buena señal: resulta que estamos devorando el calendario y haciendo malabarismos para cuadrar una fecha para ir a visitar a nuestro hijo, ¡y el muy canalla dice que le viene mal! ¡Habrase visto semejante ingrato!

Pasado el mal trago inicial es cuando nos damos cuenta de que es un síntoma de que nuestro hijo está aprovechando a fondo la experiencia de estudiar en el extranjero, que no se siente solo ni excesivamente nostálgico y que se encuentra en un entorno estimulante. En realidad, qué más se puede pedir.

El profe me tiene manía            

Clásico entre los clásicos, quintaesencia de la excusa del estudiante en dificultades a la altura de “el perro se ha comido mis deberes”. Y no la vamos a cambiar por el hecho de estudiar en el extranjero; al fin y al cabo, allí también hay profes y existen las manías.

Si quieres creértela, créetela, pero vamos, que no. Es muy habitual que los estudiantes experimenten algunas dificultades escolares debido al idioma, las diferencias del sistema y el inevitable proceso de adaptación. Eso no es malo, al contrario; además, lo importante aquí no es sacar buenas o malas notas. Házselo saber de forma indirecta y todo irá mejor.

Lo importante es la experiencia global

Este fenómeno no pasa de ser una anécdota dentro de algo mucho mayor: el viaje de nuestros hijos hacia un desarrollo pleno como adultos independientes. Si este es todo el peaje que hay que pagar, ¡bienvenido sea!